Editorial: Ébola, una catástrofe del capitalismo

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07 Junio 2026 60 visitas

¿Qué es el ébola?

El ébola es una enfermedad viral que se transmite a través de fluidos corporales contaminados. La nueva cepa Bundibugyo es distinta del brote que causó la muerte de 11.000 personas entre 2014 y 2016. Los síntomas iniciales se parecen a los de la malaria y las enfermedades tiroideas, lo que puede retrasar su detección y tratamiento. Lo que comienza como fiebre y dolor muscular puede evolucionar rápidamente hacia hemorragias incontrolables y fallo multiorgánico.

Los científicos se apresuran a encontrar una vacuna, pero el afán de lucro y el desorden inherentes al capitalismo continúan obstaculizando sus esfuerzos.

El último brote de ébola es el resultado de siglos de abandono racista y saqueo imperialista de África. La cepa Bundibugyo del ébola se está propagando como un incendio forestal en la República Democrática del Congo (RDC) y ya ha llegado a la vecina Uganda. ¡Este es el decimoséptimo brote de ébola en los últimos 50 años! Sin una vacuna disponible todavía para esta nueva cepa, la crisis expone las consecuencias mortales de un sistema capitalista que considera desechables las vidas de la clase trabajadora.

El brote se desarrolla en medio de una creciente competencia imperialista por el oro, el cobalto y el cobre de la RDC, todos ellos fundamentales para los vehículos eléctricos, la inteligencia artificial y la tecnología militar. Durante las últimas dos décadas, una China imperialista en ascenso ha logrado controlar una porción cada vez mayor de estos minerales, en medio de denuncias de trabajo infantil, condiciones laborales atroces y desalojos masivos de residentes de concesiones mineras (Africa Defense Forum, 23/10/25). Ahora, un imperio estadounidense en declive intenta desesperadamente recuperar terreno. Ninguno de estos patrones capitalistas se preocupa en lo más mínimo por nuestra clase, más allá de cuánto beneficio pueda extraerse de nuestro trabajo.

El desprecio racista de las antiguas potencias coloniales hacia los trabajadores negros persiste hasta hoy. Una de sus consecuencias es el abandono total de la infraestructura sanitaria necesaria para enfrentar crisis como el ébola. El capitalismo ha creado un mundo donde el oro y el cobalto pueden pasar de las minas a los mercados, pero la atención médica que salva vidas no puede llegar a los mineros.

Un sistema que pone las ganancias por encima de las vidas de los trabajadores no merece existir. Debemos organizarnos para destruir el capitalismo y todas sus desigualdades racistas y sexistas. Únete al Partido Laborista Progresista y a nuestro compromiso de luchar por un futuro comunista mundial, un futuro organizado no en torno a las ganancias, sino a la salud y el bienestar de los trabajadores.

Una vergüenza racista

Ya se han reportado más de 1.100 casos sospechosos de ébola y más de 250 muertes en el noreste del Congo, pero la verdadera magnitud del brote es mucho mayor. Aunque no fue detectado oficialmente hasta mediados de mayo, el virus llevaba propagándose hasta tres meses (The Daily, 3/6). La cepa Bundibugyo tiene una tasa de mortalidad de hasta el 50 por ciento (New York Times, 18/5).

El epicentro del brote se encuentra aproximadamente a 80 kilómetros al norte de Bunia, la capital provincial, una región de difícil acceso debido a las lluvias estacionales, los caminos embarrados y las milicias armadas (New York Times, 18/5). Sin embargo, décadas de explotación y abandono habían dejado los sistemas sanitarios frágiles mucho antes de la aparición de esta nueva cepa.

Las condiciones que enfrentan pacientes y trabajadores sanitarios son una vergüenza capitalista. Las familias de los pacientes se ven obligadas a proporcionar alimentos y agua porque los hospitales no pueden hacerlo, y aun así no reciben equipo para protegerse de la infección. Los cuerpos en las salas de tratamiento permanecen cubiertos únicamente por sábanas, rodeados de familiares y otros pacientes. Los trabajadores de la salud acuden valientemente a atender a sus pacientes sin los recursos más básicos para desempeñar su labor o protegerse (The Daily, 3/6).

Dinero para las minas, no para la salud

La respuesta del Congo ha quedado paralizada por décadas de abandono global. Existe muy poca capacidad de diagnóstico, no hay pruebas rápidas y el rastreo de contactos es prácticamente inexistente. La respuesta también se ha visto obstaculizada por la desconfianza justificada de los trabajadores hacia las autoridades gubernamentales.

Durante años, los científicos advirtieron que se necesitaban urgentemente mejores herramientas para combatir nuevas cepas de ébola. Pero las empresas privadas tienen pocos incentivos para invertir en diagnósticos, vacunas o tratamientos poco rentables para los países más pobres del mundo (New York Times, 2/6). El capitalismo ofrece exactamente aquello para lo que fue diseñado: ganancias para las corporaciones y abandono para los trabajadores negros.

La mayoría de los casos registrados hasta ahora están vinculados a Mongbwalu, un centro minero aurífero que atrae mano de obra migrante. Miles de millones de dólares son extraídos de las minas congoleñas, mientras que la infraestructura sanitaria básica sigue siendo escandalosamente insuficiente. La poca respuesta existente se ha debilitado aún más por los recientes recortes estadounidenses a los programas globales de salud (New York Times, 18/5). El resultado es una catástrofe evitable para la clase trabajadora.

Los patrones estadounidenses tienen sangre en sus manos

La crisis del ébola expone una contradicción capitalista. Nunca antes el mundo había contado con tanto conocimiento científico ni tanta capacidad tecnológica y, sin embargo, nuestra clase sigue siendo vulnerable a enfermedades masivas, sufrimiento y muertes prematuras.

Disponemos de la capacidad para mapear virus, desarrollar y distribuir pruebas que salvan vidas, construir hospitales y formar a grandes cantidades de trabajadores sanitarios. Pero la ciencia capitalista está impulsada por la competencia y las ganancias, no por las necesidades de los trabajadores.

Antes de que Donald Trump regresara a la presidencia en 2025, Estados Unidos financiaba apenas lo mínimo necesario para trabajadores de primera línea, vigilancia epidemiológica, cadenas de suministro médico y sistemas de respuesta de emergencia en África (Rescue, 19/5). No hay que confundirse: estos programas nunca fueron actos de generosidad. Formaban parte de una estrategia imperialista para ampliar su influencia mediante organismos como la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) y la Organización Mundial de la Salud (OMS), ambas creadas durante la Guerra Fría para contrarrestar a la Unión Soviética y al antiguo movimiento comunista.

Hoy, sin un Estado socialista ni un movimiento internacional de la clase trabajadora que presione a los capitalistas estadounidenses, estos tienen vía libre para reducir la ayuda y reservar recursos para las guerras más amplias que se avecinan. Trump aplicó recortes drásticos a la salud pública mundial por decenas de miles de millones de dólares. El año pasado, expertos en salud advirtieron que esos recortes “probablemente resultarían en más de 28.000 nuevos casos de enfermedades infecciosas como el ébola cada año” (New York Times, 7/3/25) y provocarían “14 millones de muertes” (NPR, 1/7/25).

Con los recortes a USAID y otros programas de salud pública retrasando la detección y el tratamiento del ébola en expansión, los trabajadores del Congo han pagado con sus vidas (New York Times, 20/5). Al mismo tiempo, Trump ha impedido que viajeros estadounidenses con pruebas positivas regresen a su país para recibir atención adecuada y ordenó que fueran enviados a Kenia. Claramente, la salud de los mineros de Mongbwalu, las enfermeras de Uganda y los trabajadores de Estados Unidos está estrechamente conectada.

El comunismo es la cura

Las ganancias y la salud están fundamentalmente enfrentadas. Bajo liderazgo comunista, los trabajadores han demostrado la capacidad de organizar la atención sanitaria en función de las necesidades colectivas en lugar de la competencia. Cuando China estuvo dirigida por comunistas en la década de 1960, campañas masivas de salud pública formaron a los llamados “médicos descalzos” para atender a los trabajadores rurales. Por primera vez, la esquistosomiasis fue erradicada en un condado de la provincia de Jiangxi. Eso demuestra lo que es posible cuando millones de trabajadores se movilizan bajo una perspectiva comunista.

Ese potencial de la clase trabajadora sigue existiendo hoy. El capitalismo cava su propia tumba al destruir los sistemas de salud y crear crisis que no puede resolver. Las enfermedades no conocen fronteras, y la resistencia de los trabajadores tampoco debería conocerlas. Si el ébola engendrado por el capitalismo es la enfermedad, la solidaridad comunista es la cura.

¡Lucha y resiste!