En todo Estados Unidos, el terror estatal fascista se ha intensificado. Mientras las redadas racistas contra inmigrantes, las detenciones, deportaciones y los asesinatos cometidos por ICE continúan aumentando, el FBI anunció que ya no investigará denuncias de agresiones contra ICE. A medida que el capitalismo global en descomposición se hunde en una crisis cada vez más profunda, la clase dominante ensangrentada convierte a los trabajadores inmigrantes y a la juventud en chivos expiatorios de los fracasos del sistema de ganancias.
Para derrotar al fascismo en ascenso, trabajadores, jóvenes y soldados deben unirse bajo una sola clase y un solo partido y construir una revolución comunista. El Partido Laboral Progresista organiza esa lucha para convertir esa aspiración en realidad. Únete a una vida de lucha revolucionaria.
Un sistema mortal
Cuatro muertes a manos de la Gestapo en una sola semana:
- FLORIDA, 14 de julio: Juan Jairo Coronilla Durán, de 28 años, estaba de vacaciones desde México. ICE lo detuvo en una gasolinera. Cuando intentó huir por temor a perder la vida, fue atropellado y murió bajo un camión de carga. Juan estaría vivo hoy si no fuera por el perfilamiento racial de ICE.
- MAINE, 13 de julio: Johan Sebastián Durán Guerrero, de 26 años, acababa de despedirse de su hija de tres años, que aún llevaba puesto su pijama de Bluey aquella mañana. Minutos después, el agente de ICE David Brouillette le disparó en la cabeza. Durán, originario de Colombia, tenía autorización para trabajar como repartidor en Estados Unidos y había solicitado asilo.
- GEORGIA, 13 de julio: Jesús Manuel Arenas-Silva, de 45 años, trabajador migrante de Venezuela, fue “encontrado inconsciente” mientras era trasladado a otro campo de concentración bajo custodia de ICE.
- TEXAS, 7 de julio: Lorenzo Salgado Araujo, de 52 años, iba camino a su trabajo como constructor de viviendas, labor que había desempeñado durante décadas. Era padre de tres hijos.
El brutal contexto de estos asesinatos es la atroz cuota impuesta a ICE de 2,000 secuestros diarios. En la última semana de junio, ICE arrestó a 10,000 trabajadores en apenas cinco días (New York Times, 1 de julio).
Durante los primeros 500 días del regreso de Trump a la presidencia, 52 trabajadores murieron bajo custodia de ICE (HRW, 25 de junio). Esa cifra no incluye el supuesto “suicidio” de siete personas detenidas en los últimos siete meses. Entre ellas está Royer Pérez-Jiménez, de 19 años, quien fue encontrado inconsciente en su celda en Florida el 16 de marzo. No es una exageración llamar campos de concentración a estos centros de detención. El año pasado fue el más letal para ICE en más de dos décadas, y 2026 podría ser aún peor (ICEFall Tracker).
Mientras tanto, quienes no son asesinados viven bajo el terror. El puño de hierro fascista se cierra sobre millones de trabajadores inmigrantes y jóvenes: la cancelación del Estatus de Protección Temporal (TPS) para solicitantes de asilo, incluidos 300.000 haitianos; redadas masivas de ICE; coerción propia de mafias para obligar a la autodeportación bajo amenaza de multas de hasta 1,8 millones de dólares; planes para nuevos campos de concentración en Seattle, Filadelfia, Miami y Denver (NBC, 29 de julio); arrestos en aeropuertos y tribunales; y miles de millones de dólares en nuevos fondos para el racista Departamento de Seguridad Nacional.
Fascistas contra fascistas
Vivimos en una época de crisis permanente: el 11 de septiembre, el colapso financiero de 2008, la crisis de refugiados de 2015, la pandemia de COVID-19, el aumento de la desigualdad, las catástrofes climáticas, las guerras comerciales y las guerras militares. En todo el mundo, el viejo orden de los gobernantes está fracasando. El fascismo es el camino que una parte de la clase dominante adopta cuando su control se debilita y la democracia liberal ya no puede contener la inevitable resistencia de la clase trabajadora.
Al igual que sus predecesoras históricas, las patrullas esclavistas, la Gestapo de ICE expone la esencia violenta del capitalismo. La administración Trump no es una aberración aislada dentro de la historia estadounidense. Simplemente está intensificando una infraestructura letal construida por las instituciones de la democracia liberal.
En medio del inconfundible hedor de la decadencia del imperialismo estadounidense, dos facciones de la clase dominante están divididas sobre el papel que debe desempeñar su imperio en declive.
Una de ellas, los Grandes Fascistas del capital financiero multinacional, busca mantener cierta apariencia de patriotismo multirracial mientras protege el orden económico intrínsecamente racista. Antes de Trump, esta ala controló históricamente el gobierno y el aparato estatal de Estados Unidos y ha estado más dispuesta a sacrificar algunas ganancias a corto plazo para preservar su dominio. Estos chupasangres tienen una guerra mundial que vender.
La otra facción, los Pequeños Fascistas, representados por Trump y el movimiento MAGA, está menos interesada en preservar un orden mundial donde Estados Unidos sea el número uno. Prefieren unas fuerzas armadas más pequeñas y predominantemente blancas, de carácter nazi, capaces de proteger su esfera de influencia mediante el poder aéreo.
La división es tan profunda que Foreign Affairs, un centro de pensamiento del capital financiero, propone que las ciudades liberales “movilicen su poder para resistir” a la administración Trump y se preparen para que un futuro Congreso demócrata limite la aplicación de las políticas de ICE (Foreign Affairs, 21 de junio). Aquí reside el peligro de los patrones liberales. Cooptan los movimientos progresistas y adormecen a los trabajadores con migajas de la mesa de los gobernantes. Pero no hay duda: tarde o temprano, esos falsos líderes liberales dirigirán sus ataques contra su verdadero enemigo: una clase trabajadora organizada que lucha por el comunismo.
Aunque ambas facciones se disputan el futuro del imperialismo estadounidense, las dos utilizan el racismo antiinmigrante para dividirnos. Fueron los gobernantes liberales quienes aprovecharon los atentados del 11 de septiembre para impulsar el fascismo y crear el Departamento de Seguridad Nacional en 2003. Fue la Operación Gatekeeper de Bill Clinton la que construyó, en la década de 1990, un muro fronterizo de ocho kilómetros entre Estados Unidos y México y duplicó el número de patrulleros fronterizos. Para 2017, esas medidas habían provocado más de 7.000 muertes (FreedomforImmigrants.org). La administración Obama deportó a más de tres millones de personas, más que todos los demás presidentes desde 1890 juntos. A medida que Estados Unidos declina, el terror se convierte en la norma.
Cuando los fascistas atacan, respondemos luchando
A pesar de los peligros, ¡los trabajadores están resistiendo! En todo Estados Unidos, vecinos han organizado redes de respuesta rápida para monitorear a ICE, defender a las familias de las redadas, observar los tribunales y recaudar fondos para fianzas. Mientras tanto, los políticos del Partido Demócrata trabajan sin descanso para contener la indignación de los trabajadores y canalizarla hacia las urnas, un camino sin salida.
En realidad, no existe seguridad jugando bajo las reglas de los patrones. Bajo un fascismo plenamente consolidado, los trabajadores antirracistas y anticapitalistas, incluso aquellos que actúan pacíficamente, serán objetivos de eliminación. En los primeros años de los campos de concentración nazis en Alemania, antes de 1942, la mayoría de los prisioneros eran presos políticos: dirigentes sindicales, socialistas democráticos y comunistas. Los asesinatos de manifestantes contra ICE en Minneapolis son apenas un adelanto de lo que está por venir.
Los trabajadores no tenemos fronteras
Para romper el cerco fascista necesitamos acción colectiva por el comunismo. ¡Organízate, organízate! Lleva la lucha a tus escuelas, barrios, centros de trabajo y fábricas. Solo el comunismo puede derrotar al fascismo porque solo el comunismo enfrenta la raíz de la crisis: la insaciable sed de ganancias de los capitalistas.
Bajo el comunismo aboliremos el veneno del nacionalismo. Las fronteras son creadas por la clase capitalista para controlar el movimiento de los trabajadores, los recursos y las ganancias. Necesitamos destruir la propia idea de las naciones.
¡Los trabajadores no tenemos fronteras! Este mundo es nuestro. ¡Luchemos por él junto al PLP y nuestros amigos!