Agosto Antirracista La Revolución de Haití: Los Trabajadores Negros, Clave para el Comunismo

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16 Agosto 2026 27 visitas

Este 21 de agosto se cumple el 235.º aniversario del inicio de la Revolución Haitiana. El siguiente es un fragmento de un artículo de la revista del Partido Laboral Progresista (PLP) titulado “La historia de Haití,” publicado en 2014.

La historia de Haití ofrece lecciones para toda la clase trabajadora. Haití nació de una rebelión de esclavos, y su historia deja claro que la esclavitud y el racismo fueron elementos esenciales en los mismos cimientos del capitalismo. La clase obrera esclavizada en Haití también ha soportado algunas de las formas más brutales de explotación por parte del imperialismo, tanto directa como indirecta. Sin embargo, desde que los trabajadores haitianos se levantaron para abolir la esclavitud en la década de 1790, han luchado con militancia — impulsando reforma tras reforma en su esfuerzo por liberarse de la explotación. Una y otra vez, sin embargo, estas reformas han fracasado.
Las condiciones políticas y económicas que enfrentan los trabajadores haitianos han seguido deteriorándose. Las pandillas, las armas importadas de EE.UU. y los asesinatos han devastado el bienestar de la clase obrera haitiana. El ataque racista contra el Estatus de Protección Temporal (TPS) de los trabajadores en Haiti refugiados en EE.UU. ha traído aún más incertidumbre y sufrimiento.

Esta historia ilustra la lección más importante para todos los trabajadores: que solo el comunismo puede acabar con la explotación y poner a la clase obrera internacional en control de toda la sociedad. Sirve como recordatorio de que, si bien los trabajadores negros en todo el mundo siguen siendo el sector más brutalmente explotado de nuestra clase, la lucha contra el racismo nunca puede separarse de la lucha contra el capitalismo y el imperialismo. Solo una revolución comunista puede acabar con este sistema de explotación de una vez por todas. Desde Haití hasta EE.UU., el liderazgo de los trabajadores negros es una fuerza revolucionaria crucial para nuestra liberación.

Esta es la Parte I de una historia comunista de la Revolución Haitiana. La Parte II se publicará en el próximo número de DESAFIO.

La Española y el nacimiento del capitalismo

Haití se encuentra en la isla de La Española, donde Cristóbal Colón desembarcó por primera vez y que reclamó para España en 1492. En aquel entonces, la isla estaba habitada por unos tres millones de taínos; sin embargo, en el transcurso de una década, las enfermedades y una esclavitud brutal todo ello parte de un genocidio deliberado perpetrad principalmente por europeos españoles— acabaron con la totalidad de la población. Hacia 1625, los españoles centraban su atención en la conquista de México y Perú, momento en que piratas franceses tomaron el control de la parte occidental de la isla. En el siglo XVIII, esta zona —denominada Saint-Domingue por los franceses— se convirtió en la colonia azucarera más rica del mundo y en la joya de la corona del Imperio francés, todo ello gracias a la mano de obra de esclavos traídos de África.

Para la década de 1790, unos 30.000 franceses y 20.000 personas libres de raza mixta supervisaban a 500.000 trabajadores esclavizados en Saint-Domingue. La tasa de mortalidad era tan elevada que se importaban constantemente nuevos africanos. De hecho, la mayoría de los esclavos de Saint-Domingue habían nacido en África, muchos de ellos en la región del Congo. Asimismo, existían más de 5.000 «cimarrones» —antiguos esclavos que vivían en zonas liberadas de las montañas y libraban constantes combates contra los esclavistas para preservar su independencia—.

Saint-Domingue y otras colonias del Caribe fueron un foco de lo que Marx denominó «acumulación originaria»: un proceso que abarcó el despojo de tierras a la población de las Américas, los cercamientos que expulsaron a los trabajadores ingleses de las tierras comunales y la violenta apropiación de los cuerpos y la fuerza de trabajo de personas procedentes de África. Los beneficios obtenidos mediante la superexplotación de los trabajadores esclavizados en los cañaverales y a través de las redes comerciales derivadas de la producción de azúcar (incluida la propia trata de esclavos) generaron una inmensa riqueza tanto para los capitalistas mercantiles franceses como para los capitalistas industriales británicos. Esta «aterradora y dolorosa expropiación de la masa de la población» —que incluía a los trabajadores esclavizados de Saint-Domingue— financió el desarrollo de la manufactura y de los mercados necesarios para una producción industrial sostenida y el desarrollo capitalista.

Las plantaciones de azúcar también ofrecieron un modelo de nuevas formas de trabajo. De hecho, los trabajadores esclavizados de Saint-Domingue figuraban entre los trabajadores más «industrializados» del mundo en el siglo XVIII. Construyeron sofisticadas obras de riego, operaron enormes molinos y fabricaron barriles y artículos de metal, además de cultivar alimentos para su propio consumo y caña de azúcar para sus propietarios. Este régimen de producción requería tanto una compleja división del trabajo como una amplia organización y coordinación de la mano de obra.

La lucha por acabar con la esclavitud

Si bien los libros de texto escolares señalan la retórica de las revoluciones estadounidense y francesa como fuente de inspiración para las luchas por la libertad, la lucha más profunda del siglo XVIII fue protagonizada por los trabajadores esclavizados de Saint-Domingue. Mientras los recién independizados Estados Unidos expandían la esclavitud, la clase trabajadora de Saint-Domingue se alzó para conquistar su libertad. En 1804, Haití se convirtió en la segunda república independiente del hemisferio occidental y en el único país fundado como resultado de una rebelión de esclavos.

El movimiento que abolió la esclavitud y condujo a la independencia de Haití surgió durante la Revolución francesa. Esta fue una revolución burguesa contra las limitaciones impuestas por los privilegios feudales históricos. Los capitalistas mercantiles de Burdeos y Nantes —quienes organizaban la trata de esclavos francesa y cuya riqueza estaba vinculada a Saint-Domingue— figuraron entre los actores más activos en las fases iniciales de la Revolución. La burguesía enarboló la bandera de la igualdad, concepto que para ellos implicaba mayor poder gubernamental y una mayor capacidad para orientar el comercio en su propio beneficio.

Posteriormente, la bandera de la igualdad fue adoptada por los gens de couleur de Saint-Domingue (las personas libres de raza mixta). Muchos de los gens de couleur eran propietarios educados al estilo francés —y a menudo dueños de esclavos— que gestionaban plantaciones de café en el sur y el oeste de la colonia. Exigían los mismos derechos de ciudadanía francesa que se otorgaban a otros propietarios, incluido el derecho al voto. Inicialmente, estas demandas fueron rechazadas por los grandes hacendados blancos productores de azúcar y sus aliados, quienes consideraban que las divisiones raciales eran fundamentales para mantener la esclavitud. Los líderes de los gens de couleur argumentaban que la unidad de clase (entre todos los propietarios de esclavos) era más importante que la raza para preservar el sistema esclavista, y señalaban su propio papel en las milicias encargadas de imponer dicho régimen.

Los trabajadores haitianos eligen la acción frente al debate para alcanzar la libertad

Mientras este debate se intensificaba, los trabajadores esclavizados se organizaron para reclamar su propia libertad. La insurrección de esclavos comenzó a mediados de agosto de 1791, cuando 200 delegados esclavos provenientes de plantaciones de toda la región azucarera del norte de Saint-Domingue se reunieron en lo que sus dueños creían que era una «cena». Muchos de estos delegados eran esclavos que desempeñaban funciones de capataces, supervisores y artesanos cualificados en las plantaciones y que, por ello, gozaban del privilegio de desplazarse para asistir a tales eventos. El grupo planeó iniciar un levantamiento más adelante esa misma semana, momento en que los propietarios se encontrarían en la capital regional, Cap Français (actualmente Cap-Haïtien), para asistir a una reunión política.

Durante la tercera semana de agosto, los esclavos se alzaron en armas: mataron a sus dueños blancos y a los supervisores de los ingenios, incendiaron los ingenios azucareros y los cañaverales, y destrozaron la maquinaria de producción; es decir, destruyeron todos los instrumentos de explotación. Tan solo se salvaron sus propias viviendas y huertos. En la insurrección participaron hombres y mujeres, nacidos en África y criollos, supervisores y trabajadores agrícolas, así como esclavos tanto de las plantaciones de azúcar como de las de café situadas en las tierras altas.

En un plazo de ocho días, 184 plantaciones habían sido destruidas. Para finales de septiembre, 200 plantaciones de azúcar y 1200 de café habían sido saqueadas, y al menos 20.000 personas (según algunas estimaciones, hasta 80.000) se encontraban en los campamentos insurgentes. Hacia 1793, los insurgentes contaban con redes de comunicación que abarcaban todo Saint-Domingue y el resto del Caribe.

En 1791, la exigencia de abolir la esclavitud se manifestó a través de diversas formas políticas. Algunos creían que el rey de Francia había extendido medidas de protección contra las prácticas más brutales de los hacendados y, por consiguiente, expresaban su lealtad al monarca. Otros recurrieron a ceremonias religiosas para proteger su rebelión, un aspecto de la insurrección que se convirtió en un elemento fundamental de la mitología nacional haitiana. Muchos —y a veces las mismas personas— adoptaron la retórica de la Revolución Francesa y su llamamiento a los derechos universales. Sin embargo, la clave del éxito residió en la organización temprana y la planificación meticulosa llevadas a cabo por grupos de esclavos de distintas regiones, así como en la disciplina que estos trabajadores de la agricultura industrializada demostraron como fuerza militar durante los doce años de lucha armada que siguieron.

Para 1792, la Revolución francesa había entrado en una fase más radical, destituyendo al rey y planteándose la guerra contra todos los monarcas. A medida que los grandes hacendados azucareros de Saint-Domingue huían para apoyar a la oposición realista, el comisario francés jacobino Léger-Félicité Sonthonax abrió cargos políticos y el cuerpo de oficiales del ejército a las personas de color libres (gens de couleur). Se seleccionó una delegación racialmente integrada para representar a Saint-Domingue en la Asamblea Nacional de París. Posteriormente, en 1793, el rey de Francia fue ejecutado y la Francia republicana se vio en guerra con España y Gran Bretaña, las otras grandes potencias coloniales del Caribe. La rebelión de esclavos en curso se convirtió en una fuerza activa en la guerra intercolonial.