Haití es uno de los países del Caribe con los salarios más bajos, además de enfrentar una inseguridad masiva desde hace varios años. Esta inseguridad —las pandillas— se ha apoderado de la economía de la clase trabajadora. Nuestra clase está cargando con el peso de la organización abismal —y racista— del Estado, mientras este financia la corrupción. A su vez, el Estado es víctima de las pandillas y está en complicidad con ellas, mientras que estas pueden prosperar gracias a la acción y la inacción de los países imperialistas, especialmente Estados Unidos y sus socios menores, Francia y Canadá.
Desde mayo de 2026, el salario mínimo en Haití ha sido de 1.000 gourdes. Esto equivale a US$7,40 por día para quienes trabajan en el sector de la subcontratación (el salario mínimo se determina según el sector de empleo). Este nivel salarial, asombrosamente bajo, ha provocado un empobrecimiento cada vez mayor de la clase trabajadora: los salarios son bajos y permanecen estancados, mientras que la inflación se ha disparado recientemente hasta el 35 por ciento. Lo peor de todo es que, mientras los trabajadores sufren, también son el pilar central que sostiene toda una economía.
Los trabajadores de la fábrica de ropa Group M2, parte de la zona franca de CODEVI, en Ouanaminthe, en el noreste de Haití, se declararon en huelga en abril contra este salario de hambre. Group M2, una empresa británica, vende ropa de alta gama principalmente a Estados Unidos, producida por estos trabajadores haitianos en talleres de explotación laboral por salarios semejantes a los de la esclavitud. Los trabajadores exigen 3.000 gourdes (US$23) por día, además del pago de horas extras, un aumento con respecto al salario actual de US$2,40 que se ha mantenido durante aproximadamente 10 años.
La inseguridad como forma de acumulación en Haití
Desde la presidencia de Jovenel Moïse, asesinado en 2021, y su lucha contra las demandas de la clase trabajadora —proporcionar seguridad frente a la violencia de las pandillas, reducir el costo de vida y crear empleos, ¡aunque sí logró aumentar los impuestos a los trabajadores!—, las pandillas callejeras han tomado el control de una parte cada vez mayor de la capital, Puerto Príncipe, además de atacar ciudades de las provincias, especialmente en el departamento de Artibonite (en el centro de Haití), y en los suburbios de Kenscoff, al sureste de Puerto Príncipe, en agosto, donde decenas de personas fueron asesinadas y/o secuestradas.
Ahora son principalmente los trabajadores quienes son víctimas de actos de violencia: violaciones, asesinatos y secuestros, así como del alto costo de vida generado por la inseguridad. En los últimos nueve meses, las pandillas han asesinado a casi 1.500 trabajadores y herido a cerca de 800. No es un fenómeno nuevo, pero los grupos de autodefensa han tenido cierto éxito en combatir a las pandillas, matando a cientos de sus miembros. Esos esfuerzos fueron obstaculizados por el gobierno cuando aceptó la llegada de policías mercenarios extranjeros procedentes de Kenia. Esas fuerzas hicieron poco para detener a las pandillas, pero su presencia fue utilizada para desmantelar los grupos de defensa de los barrios.
Si consideramos los precios de los productos de consumo y del transporte, Haití es uno de los lugares más caros para vivir, aunque con los medios más escasos para hacerlo. El plato de comida más barato cuesta 500 gourdes, lo que representa la mitad del salario mínimo, sin mencionar que los precios de las bebidas aumentan constantemente (el refresco más barato cuesta 125 gourdes), y el transporte se lleva otra gran parte de los salarios.
Haití tiene 10 departamentos (estados), pero toda la economía fluye desde lo que localmente se conoce como la “República de Puerto Príncipe” hacia los demás departamentos. Las mercancías se transportan a otras regiones del país en barco o mediante una compleja red de carreteras en mal estado que atraviesan terrenos frecuentemente montañosos. Los conductores de camiones y autobuses y los pilotos de embarcaciones, así como los viajeros ocasionales, deben pagarles cuotas a las pandillas para poder atravesar las zonas bajo su control a lo largo de las rutas.
Además, la policía haitiana no muestra ninguna voluntad de poner fin a esta práctica, y algunos policías se quedan con una parte del dinero robado a los trabajadores.
Las unidades de las Naciones Unidas, que suman alrededor de 2.000 efectivos, han fracasado en la protección de los trabajadores haitianos en Puerto Príncipe y Gonaïves, al igual que los mercenarios, como Vectus Global, de Erik Prince (anteriormente Blackwater), a quienes se les paga para recaudar impuestos en la frontera entre Haití y República Dominicana.
Hora de voltear el miedo y las armas
La clase trabajadora no puede vivir de rodillas de esta manera. A lo largo de la historia, las masas trabajadoras siempre han respondido luchando contra sus opresores (véase la página 8). La inseguridad destinada a destruir las vidas de la clase trabajadora nunca debe impedir que las masas luchen por vivir como un pueblo libre, digno de su grandeza.
El capitalismo nunca podrá traer paz ni libertad a nuestra clase. Pero el comunismo, fundamento mismo de la liberación y del bienestar, puede hacerlo —y lo hará—. Queremos desarraigar el sistema, no solamente a quienes lo dirigen. Queremos libertad, igualdad y bienestar para nuestra clase. Solo el comunismo traerá eso. Luchemos hoy por un mundo comunista con el Partido Laboral Progresista (PLP).
