Las inundaciones catastróficas provocadas por el calentamiento global capitalista han devastado a la clase trabajadora en Nepal y el Tíbet, dejando un saldo de casi 1.400 muertes confirmadas, más de 5.000 personas desaparecidas y más de 84.000 sin hogar. A nivel mundial, el pasado mes de agosto fue el más caluroso en 132 años, con una temperatura media de 1,65 grados Celsius por encima de los niveles preindustriales (copernicus.eu). El despiadado imperativo capitalista de «crecer o morir» exige cada vez más energía, proveniente en su mayor parte de combustibles fósiles que atrapan el calor. Cada día nos acerca más a un punto de inflexión global en el que regiones enteras podrían volverse inhabitables.
Históricamente, dos formas de crisis capitalista han abierto la puerta a la revolución comunista: la depresión económica y la guerra imperialista. Si los comunistas logran una vez más guiar a la clase trabajadora para que se libere de sus cadenas, la crisis climática también generará oportunidades revolucionarias. El heroísmo colectivo demostrado por los trabajadores en Nepal, arriesgando su vida e integridad física para rescatar a las víctimas de las inundaciones atrapadas en túneles sepultados, es una muestra de la solidaridad de la clase trabajadora que transformará el mundo. El altruismo de estos trabajadores, incluso bajo la dirección capitalista, constituye la materia prima de un futuro comunista. La clase trabajadora internacional es la única fuerza lo suficientemente poderosa para derrotar el cambio climático. Dicha fuerza se desplegará plenamente en la gran batalla para acabar con el capitalismo.
Sin ayuda de los patrones
La inundación comenzó con el desplome de un kilómetro cuadrado de hielo glaciar y roca en las laderas del Himalaya, en la frontera entre China y Nepal. La avalancha resultante, que cayó sobre un valle montañoso, generó un terremoto de magnitud 5,2 y desencadenó un torrente de agua y escombros que arrasó aldeas a una velocidad superior a las 100 millas por hora. El puerto de Gyirong dispuso de apenas siete minutos para reaccionar. Otros distritos prácticamente no recibieron ninguna advertencia previa, a pesar de que los científicos llevaban más de una década emitiendo alertas sobre el riesgo de inundaciones.
Los falsos comunistas y los dirigentes políticos que gobiernan Nepal han sometido a los trabajadores a años de austeridad en medio del aumento de los precios del combustible y los alimentos. El año pasado estallaron las «protestas de la Generación Z» cuando el gobierno sancionó a los proveedores de servicios de internet por evasión fiscal, prohibiendo de facto las redes sociales en un momento de desempleo juvenil récord. Multitudes de jóvenes trabajadores viven en la pobreza o se ven obligados a emigrar. Un tercio del producto interior bruto de Nepal procede de las remesas enviadas por trabajadores migrantes desde los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí y Kuwait.
Desde 2017, la clase dirigente china ha socavado la histórica dependencia de Nepal respecto a la India mediante inversiones en puertos y mejoras en los sectores de energía y transporte en todo el país. China financia presas hidroeléctricas, el aeropuerto de Pokhara en Katmandú y el ferrocarril transhimalayo que conecta el Tíbet con Katmandú. Sin embargo, como «superpotencia aguas arriba», China se muestra reticente a compartir sus datos hidrológicos (Lowy Institute, 9/5/23), y los científicos nepalíes la han acusado de ocultar deliberadamente información crucial de alerta temprana (Climate Home News, 22/8/24). La frontera entre ambos países está fuertemente militarizada por motivos de «seguridad», una ineficiencia capitalista que ralentiza la respuesta ante emergencias.
El capitalismo alimenta la crisis climática
En todo el mundo, más de 1.500 millones de personas viven en zonas costeras bajas y deltas fluviales propensos a inundaciones repentinas (copernicus.eu). El Himalaya, al igual que otras regiones de gran altitud, es extremadamente sensible al calentamiento global. Las poblaciones vulnerables de estas zonas se concentran mayoritariamente en una franja densa que se extiende desde el delta del río de las Perlas en China, pasando por partes de Indonesia y el Sudeste Asiático, hasta la India (Manning, 2025, The Changing Function of River Deltas). Al igual que la mayoría de las víctimas del cambio climático, estas personas son de las menos responsables de su difícil situación.
Los patrones capitalistas han creado un planeta que se calienta peligrosamente debido a su obsesión por maximizar los beneficios a corto plazo mediante los combustibles fósiles, a pesar de la creciente disponibilidad de energías limpias asequibles —solar, eólica y basada en baterías—. Estados Unidos es el mayor emisor histórico de gases de efecto invernadero y, actualmente, el mayor exportador de petróleo y gas “natural”. El mayor emisor hoy en día —y principal exportador de carbón— es China, rival interimperialista de EE. UU. La diferencia radica en que China también ha realizado inversiones masivas en energías limpias y vehículos eléctricos, logrando una ventaja aparentemente insuperable en estas industrias del futuro.
Mientras tanto, tres de cada cuatro automóviles vendidos en el mundo siguen funcionando con gasolina. El gas y el carbón continúan abasteciendo la mayor parte de la red eléctrica mundial. El acero y el hormigón convencionales —ambos altamente contaminantes— siguen siendo los materiales de construcción preferidos por los patrones. Alrededor del 30 por ciento de los alimentos producidos bajo el capitalismo se desperdicia, lo que arroja miles de millones de toneladas adicionales de gases de efecto invernadero a la atmósfera. Lo mismo ocurre con la moda rápida (fast fashion) y los teléfonos inteligentes de última generación, sectores donde los capitalistas generan demanda mediante la obsolescencia programada. Además, según la ONU, hasta el 7 por ciento de las emisiones mundiales de carbono provienen de actividades militares, incluidas las guerras en Irán y Ucrania (ET EnergyWorld, abril de 2025). Aparte de poner en peligro las plataformas de hielo polar, el permafrost y las corrientes oceánicas, la contaminación por carbono mata a cinco millones de personas al año (Guardian, 29/11/23).
Un futuro «verde» es rojo
Todos los flagrantes fracasos del capitalismo son corregibles. Cada uno de ellos es una razón para luchar por el comunismo. Nuestra tarea es construir un Partido Laboral Progresista de masas capaz de derrocar este sistema de ganancias, asesino de masas y destructor del planeta. Pudimos vislumbrar nuestro futuro comunista cuando los maestros y el personal de una escuela en el distrito de Nuwakot salvaron a 900 estudiantes de morir ahogados. Vimos otro ejemplo cuando el conductor de un autobús escolar rescató a 50 niños de las aguas de la inundación (CNN, 1 de septiembre). En localidad tras localidad, la clase trabajadora estuvo a la altura de las circunstancias frente al desastre. Cuando adoptamos el espíritu heroico de estos trabajadores y le sumamos una conciencia de clase internacionalista y antirracista, ningún ejército patronal puede derrotarnos. Libre de las ataduras de las fronteras nacionales y la búsqueda de ganancias, la sociedad comunista detendrá y revertirá el calentamiento global y los desastres antinaturales provocados por el capitalismo. Al movilizarse bajo las ideas comunistas, la clase trabajadora ha logrado victorias que parecían imposibles, desde la derrota del fascismo alemán y japonés en la Segunda Guerra Mundial hasta la erradicación de la sífilis y la malaria en China. ¡Atrévete a luchar, atrévete a vencer!
